Leer no te hace mejor persona

Desmontando el mito de la lectura como vacuna moral: por qué acumular páginas no garantiza la bondad y qué es lo que realmente importa cuando cerramos el libro.

 

 

Por Nuria Ruiz Fdez

HoyLunes – Abril llega siempre con esa luz rara, más clara, más abierta, como si el día tuviera más aire y, de pronto, las ciudades llenan de libros sus plazas. Mesas largas, portadas que brillan, gente que pasea más despacio de lo habitual, como si leer fuera también una forma de caminar. ¡Hay algo más hermoso!

Pero también hay una verdad que conviene decir en voz baja, casi al oído: leer no te hace mejor persona.

Durante años nos lo han repetido como quien enseña una verdad indiscutible. Leer es bueno. Leer te mejora. Leer te eleva. Y uno crece con esa idea como quien guarda un amuleto invisible en el bolsillo.

Pero luego pasa la vida. Y te das cuenta de que las cosas no funcionan así.

Puedes haber leído La sombra del viento y seguir siendo igual de indiferente ante el dolor ajeno. Puedes emocionarte con Nada y, aun así, no mirar nunca a quien tienes al lado. Puedes atravesar Los santos inocentes y no cambiar un solo gesto en tu forma de estar en el mundo.

Y no pasa nada. O sí pasa, pero no tiene que ver con los libros. Tiene que ver con nosotros.

Porque leer no es una vacuna moral. No es un salvoconducto. No es una garantía de nada.

Leer es, como mucho, una puerta. Y hay quien abre la puerta y entra. Y hay quien se queda en el umbral, mirando, diciendo “qué bonito”, y se va.

Pero con el tiempo, además, una empieza a ver otras cosas.

Cuando la cultura se confunde con el comercio, la verdad se diluye en brillo.

He conocido grandes lectores, lectores profesionales —de esos que citan, recomiendan, acumulan datos— que tienen gatitos en el estómago, que defienden lo indefendible o que, cuando llega el momento de posicionarse ante una injusticia, se venden por una medalla, por un título, por no perder un sitio en esto de la cultureta.

Y quienes leen poco, pero tienen una claridad de pensamiento que ya quisieran muchos lectores incansables.

Y también he conocido todo lo contrario.

Personas que no leen nada (…) pero que tienen un corazón limpio, abierto, sin doblez. Gente que no necesita un libro para saber dónde está el bien y dónde el daño.

No hace falta dar nombres. Quien lea esto probablemente se reconocerá en algún punto.

En las ferias del libro —ahora que se acercan, ahora que todo se llena de casetas, firmas y paseos entre páginas— esto se ve con una claridad casi incómoda. La gente compra libros como quien compra versiones posibles de sí misma. No siempre lo que es, sino lo que le gustaría ser.

Alguien se lleva El tiempo entre costuras porque necesita una historia que le ordene por dentro. Otro elige Patria con la intuición de que ahí hay algo importante, algo que debería aprender. Y hay quien se acerca a La casa de los espíritus buscando una emoción que no sabe nombrar y que necesita en su vida.

Compramos libros como quien se promete algo.

Luego, a veces, no los leemos.​

O los dejamos a la mitad.​

O los leemos y no nos conmueve.

Y tampoco pasa nada.

Porque también hay libros malos. Claro que los hay.

Encontrar la claridad no requiere pasear entre páginas, sino habitar el mundo con sinceridad.

Libros planos, previsibles, escritos con prisa o con fórmula. (…) Incluso libros premiados, incluso algunos de esos que llevan en la portada el brillo de un Premio Planeta y que, si somos honestos, no nos dicen gran cosa.

Y tampoco pasa nada.

Leer un mal libro no te hace peor persona. Igual que leer un gran libro no te convierte automáticamente en alguien mejor.

Porque el cambio —si llega— no está en el libro. Está en lo que haces con él.

En si algo se te queda.​

En si algo te incomoda.​

En si, de pronto, una frase te persigue mientras friegas los platos o esperas en una cola cualquiera.

Ahí sí.

Pero eso no se mide en números.

Y aquí es donde entra la lectura convertida en consumo.

Las nuevas voces. Las tiktokers, los perfiles de lectura, ese mundo rápido donde alguien dice que se ha leído treinta y cinco libros en un mes y los comenta uno detrás de otro, como si la lectura fuera una especie de maratón con meta visible.

Y una, claro, se pregunta:

¿Soy peor lectora porque tardo tres meses en terminar un libro?​

¿Vale menos mi experiencia porque no es constante, porque no es productiva, porque no se puede mostrar?

La respuesta es incómoda por lo sencilla: No.

Leer no es una competición.​

No es una carrera.​

No es una cifra.

Leer es otra cosa.

A veces es lento.​

A veces es torpe.​

A veces es volver atrás porque no entendiste.​

A veces es cerrar el libro y quedarte mirando a la nada, sin saber muy bien qué te pasa.

Y eso no se puede subir a ninguna red.

Hay libros que se leen en dos días y se olvidan en tres.​

Y hay libros que tardas meses en terminar y se te quedan pegados como una segunda piel. Y eso, aunque no se vea, es lo que importa.

Porque leer rápido no es leer mejor.​

Leer mucho no es leer más hondo.​

Leer en público no es leer más de verdad.

El verdadero cambio ocurre en ese silencio, cuando las palabras se transforman en piel.

Quizá por eso incomoda tanto cuando alguien dice que leer no te hace mejor persona. Porque nos deja sin refugio. Sin esa idea tranquilizadora e idealizada de que, al menos, estamos haciendo algo bien. De que, al menos, estamos en el lado correcto de las cosas.

Pero leer no te coloca en ningún lado. Te da, si acaso, la oportunidad de moverte. Y a veces ni eso. Por eso tal vez habría que cambiar la pregunta. (…) Y empezar a preguntarnos algo mucho más incómodo:

¿Qué hacemos con lo que leemos?

Porque ahí —y no en las ferias, ni en las cifras, ni en las estanterías— es donde ocurre, o no ocurre, todo lo importante.

Y quizá entonces, solo entonces, dejemos de usar los libros como una forma de parecernos mejores… y empecemos a usarlos como lo que siempre han sido:

Un lugar donde, a veces, uno se encuentra.​

Y otras veces, simplemente, pasa el rato.

Y ambas cosas están bien.

Nuria Ruiz Fdez. — Escritora

 

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